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Ottolenghi

Dr. Carlos Ottolenghi

Revista de la Asociación Argentina de Ortopedia y Traumatología.
Organo oficial de la AAOT.
Año 73 • Número 3 • Septiembre de 2008 pp328-330

Escrito por Prof. Dr. Guillermo L. Vásquez Ferro

MAESTROS DE LA ORTOPEDIA ARGENTINA  

Prof. Dr Carlos Enrique Ottolenghi
1904 – 1984

Me resulta muy difícil volcar a través de estas líneas una correcta semblanza de una personalidad de la talla de Carlos E. Ottolenghi, pero puedo asegurar que estas palabras no sólo están inspiradas en la admiración al maestro, sino que brotan de un sentimiento profundo que hace que muchos de nosotros, como el que escribe, vean en él la imagen de un segundo padre. Ottolenghi nació el 1 de enero de 1904 y se recibió de médico en 1926. En el mismo año se incorporó al Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital Italiano. En 1929 fue becado en el famoso Instituto Rizzoli, donde tuvo la oportunidad de conocer de cerca al afamado maestro Putti, primero durante un año bajo su tutela y luego, en varios viajes a Bologna o en visitas que el profesor realizó a nuestro país. La recia personalidad del insigne maestro italiano, su genio creador y su profunda preparación humanística deslumbraron al joven discípulo y dejaron en él huellas indelebles que influyeron en gran medida en su formación profesional, la definición de su carácter y su conducta en la vida. Siempre recordó con gratitud y cariño a su maestro y solía repetir algunas de sus máximas y frases memorables. En 1936, en ocasión de una visita al Hospital Italiano, Putti, refiriéndose a los logros alcanzados por sus discípulos en esta tierra, escribió una frase que luego se hizo grabar en mármol y que dice: “Una vez más humildad y silencio han dado buen fruto. Es fácil hacer un poco de bien, pidiendo poco, hablando menos, pero trabajando intensamente”. Dotado de un espíritu tesonero, Ottolenghi siempre siguió el ejemplo de su maestro; tenía temple de organizador y su contracción y amor al trabajo no lo abandonaron durante toda su existencia. Sus comienzos en el Hospital Italiano no fueron fáciles; el servicio disponía sólo de cinco camas distribuidas en dos habitaciones y la sala de rayos era una antigua, oscura y estrecha habitación, donde funcionaba un vetusto aparato de rayos con los cables al aire. En esa época no se descuidó la faz docente; se organizaron cursos y otras actividades académicas que, de a poco, fueron convirtiendo el Hospital en un centro orientador de la ortopedia y traumatología y lugar de formación de numerosos médicos que deseban iniciarse o perfeccionarse en la especialidad. El trabajo y la dedicación hicieron que se le asignaran al servicio una sala con 40 camas para hombres y otra con 30 camas para mujeres. Desde ese momento, Ottolenghi se hizo cargo prácticamente del servicio y en 1944 fue nombrado jefe del Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital Italiano. Poseedor de un espíritu de lucha encomiable, no cejó en sus esfuerzos hasta lograr la creación de un pabellón independiente para la sede del servicio, el cual se inauguró en 1956. Las nuevas instalaciones constituían un monobloque de tres pisos con 180 camas, cuatro quirófanos propios, una moderna aula con capacidad para 80 personas, sala de rayos para uso exclusivo, dos salas de yeso, guardia de urgencias y varios consultorios con una gran sala de espera para los pacientes. Estas modificaciones le dieron un mayor impulso a la especialidad. Se organizaron así importantes cursos y seminarios con la participación de relevantes figuras de nuestro país y del exterior. Continuamente se recibían solicitudes de especialistas latinoamericanos que solicitaban becas de perfeccionamiento en el servicio. Fue también uno de los primeros centros del país donde se iniciaron las residencias médicas. En una época en que todavía pocos especialistas viajaban al exterior para perfeccionarse, la incesante inquietud de Ottolenghi en la búsqueda y creación de nuevos y más perfectos métodos de diagnóstico y tratamiento de las afecciones ortopédicas lo llevó a frecuentar los principales centros de la especialidad en el mundo y a relacionarse con los más destacados maestros de la ortopedia. Analizaba sus observaciones con gran sentido crítico, para luego adoptar aquellas que le parecían merecedoras de confianza o desecharlas por no haber demostrado su verdadero valor o porque consideraba que su aplicación era riesgosa. Como ejemplo de esto último, en el regreso de un viaje a Inglaterra quedó muy asombrado con los resultados que obtenía el maestro Charnley con la prótesis de cadera que había creado; de inmediato hizo los arreglos para enviar a dos de sus discípulos para trabajar con él. El resultado fue la realización en su servicio del primer reemplazo total de cadera en América. El servicio del Hospital Italiano fue el primero en contar con un intensificador de imágenes en el quirófano, por lo que impulsó a otros discípulos para que reunieran los elementos necesarios para efectuar enclavados intramedulares percutáneos en fracturas de los huesos largos a la manera de Kuntscher. También envió a varios discípulos a perfeccionarse en cirugía de mano y miembro superior, en ortopedia infantil, en neuroortopedia y en artroscopia. El campo de los tumores y de otras patologías óseas siempre le preocupó. Por ello, trabajó en estrecha colaboración con el Centro de Patología Ósea y sede del Registro Latinoamericano de Patología Ósea dirigido por el mundialmente conocido Fritz Shajowicz. Ya se realizaban trasplantes óseos parciales y totales. Su vocación por la ortopedia y traumatología y su visión para el desarrollo de ésta lo impulsaron a crear, en 1970, la Fundación Ottolenghi para el Progreso de la Ortopedia y la Traumatología. La fundación inspirada por él creó, junto con el CONICET y el Hospital Italiano, el Centro de Investigaciones y Estudios Ortopédicos y Traumatológicos (CINEOT) para concretar esos objetivos. Su espíritu solidario lo hizo participar en diversas organizaciones de bien público, desempeñándose como presidente de la Comisión Nacional de Rehabilitación del Lisiado y presidente del Rotary Club de Buenos Aires. Este último lo honró con el Premio Rioplatense, en marzo de 1984. Su producción científica fue muy extensa; publicó más de 120 trabajos en revistas nacionales y extranjeras, además de varios libros, entre los que se destaca Técnica quirúrgica, que sirvió como texto de enseñanza para varias generaciones de estudiantes latinoamericanos. Recibió numerosas condecoraciones de gobiernos extranjeros, entre ellas la del Gobierno de Italia con la orden del mérito en el grado de Comendador, la del Gobierno de Chile por su actuación en el terremoto de Chillan, la del Gobierno de Venezuela con la orden de Francisco Miranda y la de Gran Oficial de la República Italiana. Fue honrado, además, con numerosos premios otorgados por su actividad científica, que sería muy largo enumerar. La inteligencia, los sentimientos y el carácter definen a una personalidad. Cuando se los pone al servicio de una causa, sin retaceos, con coraje, con profunda vocación, con sentido arraigado de la ética, con manifiesta e incorruptible honestidad, con disciplina, sin claudicaciones y acompañados por intenso y permanente trabajo, los resultados son maravillosos.Y así fueron de importantes los logros de Carlos Ottolenghi como médico y como ser humano excepcional. Si bien la Ortopedia y la Traumatología fueron la pasión de su existencia, ello no impidió que su personalidad, ampliamente receptiva, se enriqueciera en profundidad con todas las manifestaciones que caracterizan al hombre de hoy. Amante del arte en todas sus formas, lector apasionado, atesoró una cultura general envidiable, la cual, unida a su memoria privilegiada y a su afán de viajero impenitente, le permitió estar actualizado en numerosas actividades de orden profesional, social y cultural. Los problemas políticos, sociales y humanos lo preocupaban intensamente y los difíciles acontecimientos por los que atravesaba su querido país lo tuvieron siempre como actor y espectador interesado. Hizo de la amistad un culto. Sus familiares, colegas, colaboradores, pacientes y amigos conocieron su generosidad. Su palabra era rectora; jamás incitaba a la rebeldía, por el contrario, la palabra sensata y el consejo meduloso eran freno a los impulsos irreflexivos y la contención a tiempo de una actitud perjudicial. En el trato con los que sufren demostraba gran sensibilidad y comprensión frente al dolor. El privilegio de haber estado durante muchos años como colaborador directo en su práctica profesional de consultorio me permitió comprobar el efecto tranquilizador y beneficioso que su consejo brindaba a los pacientes en los momentos difíciles. Escuchaba a sus enfermos con atención y si observaba receptividad por parte de ellos, muchas veces los sometía a un interesante interrogatorio sobre aspectos técnicos de sus respectivas actividades. Este demostrado interés, aparte de producir agrado en su interlocutor, le permitía enriquecer sus conocimientos generales, que su pródiga memoria almacenaba, cual una moderna computadora. Su serenidad y aplomo transmitían gran confianza a sus pacientes, quienes siempre aceptaban sus sugerencias con enorme esperanza. En el transcurso de los años hemos visto acudir a numerosos de ellos para testimoniarle su afecto y agradecimiento con un emotivo abrazo. Observador agudo, veía las cosas en profundidad, aunque muchas veces diera la impresión de no mirar. En las reuniones sociales o académicas se destacaba su presencia; era capaz de mantener un diálogo ágil con cualquier personalidad política o científica, así como una amena charla sobre acontecimientos culturales o deportivos con algún joven entusiasta. En los seminarios clínicos y reuniones científicas que dirigía se ponía de manifiesto su originalidad y criterio. En los casos con problemas escuchaba las opiniones, muchas veces encontradas, de los asistentes y, cuando ya creían haber debatido lo suficiente, hacía un análisis objetivo y sereno del caso explicando su parecer, que siempre era claro y lógico, pues tenía la virtud de presentar en forma ordenada lo que parecía confuso. Los ateneos sin su presencia perdían gran parte del interés. Sentía un profundo afecto por toda la familia ortopédica y por nuestra Sociedad, de la cual fue miembro fundador y a la que siempre brindó su apoyo incondicional. Fue partícipe activo y asistente a casi todas las sesiones hasta el final. Luchó por la unidad de los ortopedistas argentinos y latinoamericanos; gran cantidad de ellos se formaron bajo su tutela y supieron de su entrega en la enseñanza y en el consejo. Decía que descansar era esperar la muerte y el 26 de julio de 1984, después de atender el consultorio en el hospital, se fue para concurrir a una sesión de la Academia Nacional de Medicina. Finalizada ésta, tomó el ascensor para retirarse y cayó en él, ya muerto. Es decir, murió de pie, tal como lo hubiera dispuesto de haberlo podido decidir. Poco después, sus discípulos del Hospital Italiano efectuaron gestiones ante las autoridades del hospital para que se pusiera su nombre al servicio. Durante el acto de homenaje en su memoria, al año de su fallecimiento, se descubrió una placa en el portal de entrada que decía: Instituto de Ortopedia y Traumatología Carlos E. Ottolenghi. Algunos años más tarde se inició otra gestión ante las autoridades de la Academia Nacional de Medicina, lugar donde había fallecido siendo académico, para que se creara el premio Carlos E. Ottolenghi bianual al mejor trabajo sobre Ortopedia y Traumatología, a lo cual la Academia accedió.

By bryanell2020

Occasional genealogist and full-time Ottolangui family historian. 8th generation descendant of the 17th century Ottolenghi family of Livorno, born in London, graduated in Birmingham, lived around the United Kingdom, Israel, and in Rome, Italy. For a short while in Buenos Aires, and currently residing in Santo Domingo, Dominican Republic where I have been since 2005.

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